Treinta y cuatro y sin prisa.
La magia de cumplir años es que ningún año es igual al anterior. No sé por dónde comenzar: si hacer un recuento de todas las cosas que pasé desde diciembre pasado o narrar lo contrastante que fue mi cumpleaños. Voy a comenzar diciendo que ahora tengo a una perrita pug: Burbuja. La pug que me ha dado contención después de tanto caos. Los pugs no tienen un origen de pelear batallas ni de trabajo. Sus ancestros solo se han dedicado a salir bonitos en las fotos, a acompañar, a dejarse querer. Y eso, para mí —que soy una morra de puro trabajo, de no estar quieta y de creer que si no haces nada nomás no lo mereces— ha ido rompiendo el paradigma de a poco; como si Burbs me dijera: “Morra, vamos a abrazarnos un ratito y a generar oxitocina juntas.” Y así ha sido desde junio. Mientras mi hijo está en la escuela, yo tengo en mi regazo a esta pug que cree que se merece todo, acompañándome en mi jornada de teletrabajo. Me siento feliz de escuchar sus patitas de chetitos andando por la casa...


