Treinta y cuatro y sin prisa.

La magia de cumplir años es que ningún año es igual al anterior. No sé por dónde comenzar: si hacer un recuento de todas las cosas que pasé desde diciembre pasado o narrar lo contrastante que fue mi cumpleaños.

Voy a comenzar diciendo que ahora tengo a una perrita pug: Burbuja. La pug que me ha dado contención después de tanto caos.
Los pugs no tienen un origen de pelear batallas ni de trabajo. Sus ancestros solo se han dedicado a salir bonitos en las fotos, a acompañar, a dejarse querer.
Y eso, para mí —que soy una morra de puro trabajo, de no estar quieta y de creer que si no haces nada nomás no lo mereces— ha ido rompiendo el paradigma de a poco; como si Burbs me dijera:
“Morra, vamos a abrazarnos un ratito y a generar oxitocina juntas.” 

Y así ha sido desde junio. Mientras mi hijo está en la escuela, yo tengo en mi regazo a esta pug que cree que se merece todo, acompañándome en mi jornada de teletrabajo. Me siento feliz de escuchar sus patitas de chetitos andando por la casa. O sus ronquidos, que pareciera que está agotada nada más de ver que llevamos cuatro horas sentadas frente al escritorio.

Burbs me ha llevado a rehab sin siquiera preguntar. “Estoy limpia de las mentiras de los onvres.”

Esta chingaderita de cuatro patas me ha puesto la verdad en la cara: el afecto puede venir de otros lugares, comenzando por mí. Por mi casa. Por esas cosas que disfruto, como escuchar música, leer historias desgarradoras que me ponen a berrear como catarsis de mis crisis existenciales desde la vida de otros que ni conozco, y pintar dibujitos con mis plumones nuevos.

La relación con mi hijo ha ido madurando. Sin lugar a dudas, Alonso es la chispa de mi vida. Mi hijo hace que me vea como persona, que pueda nombrar esos defectos que me aterraban y mirarlos de frente sin huir, aunque odie sentirme vulnerable.
Es con quien quiero recorrer el mundo entero.

El viaje que hicimos juntos en agosto me abrió una puerta nueva en mi maternidad. Entender que somos dos puntitos en la inmensidad de este mundo, pero juntos. Que puedo conectar con mis amigas mamás desde otro lugar. Que es bonito ver el mundo desde los ojos de las infancias.

Mostrarle ese lugar donde viví cuando tenía veinticinco años fue muy nostálgico. Reencontrar a esas dos mujeres que habitan en mí, ser consciente del paso del tiempo, saber que el recuerdo sigue ahí aun cuando las calles ya no son las mismas, aun cuando yo ya no soy esa que se fue de esa playa en 2018.

Fue un regalo caminar con Alonso, sentir el marecito en nuestros pies, la brisa del Caribe mexicano en nuestras mejillas, dándonos la bienvenida a nuestra nueva vida de partners in crime.

Resignifiqué mi relación con Rod. Aún no sé si el dolor se ha ido del todo, pero es la familia de mi hijo y, de alguna forma, mía también. No sé cuánto dure esta tregua ni qué otras cosas tendremos que enfrentar más adelante.
Solo sé que hoy estamos en días de calma. Al menos de mi lado, haciendo lo mejor que puedo con lo que está a mi alcance. Y me siento tranquila con esta nueva realidad: poder convivir los tres, construir recuerdos bonitos para nuestro hijo.

No tengo expectativas para estos treinta y cuatro. Y no porque esté en el fango. Creo que es porque estoy apreciando esta calma. Estos días tranquilos en los que prefiero armar un rompecabezas de mil piezas con Alonso antes que intentar caerle bien a un tipo que solo ruega porque esta date sí termine en la cama.

He podido redescubrirme. Mirarme desde un ángulo donde no pasa nada si no encajo, si no soy la persona favorita de nadie. Y, para mi sorpresa, soy más divertida de lo que pensaba.
Mi círculo de amigos se ha hecho más fuerte. Quizá no más grande, pero sí más presente. Me han salvado de unas cuantas, y eso sí me hace sentir afortunada.

Agradezco las cosas pequeñas: las rutinas, sentir el sol en la cara al despertar. Agradezco también estas cuatro paredes que, poco a poco, se han ido convirtiendo en un espacio cada vez más de mi hijo y mío. Vamos comprando más cosas para esta casa que ya es parte de nosotros.

Gracias por estos treinta y tres. Por romperme paradigmas, por hacerme ver mi suerte y por traerme a esta nubecita suave desde donde puedo ver todo lo que sí se ha avanzado en este camino de la vida.

¿Quiénes serán mis maestros de vida ocultos en esta nueva temporada?

Ya lo veremos…

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      

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