¿Cuántos cuerpos han sentido tu piel? ¿Cuántas veces te has entregado esperando que ese cuerpo fuera tu casa por tiempo indefinido?
Es curioso cómo a veces sobrevaloramos el sexo como si fuera la meca del amor, y otras tantas vamos regalando la energía a cualquiera.
No voy a darme las de santa, ni de experta en las artes del amor. Me he divertido lo suficiente sin cargar con el estigma de “qué van a pensar de mí”.
My body, my choice.
Soy una enamorada del amor. Siempre lo supe. Las medias tintas nunca me gustaron.
“¿Somos o no somos?”, decía Héctor mientras ponía la mesa cuando la plática se ponía rara por culpa de Fidel, allá en su casita atrapada en los ochentas, en el barrio de La Víbora en Cuba. Esa frase se me quedó clavada. Y cuando estoy a punto de aventarme al precipicio de mis decisiones, la recito en mi mente como si fuera el empujoncito que me falta.
Qué tiempos. Todavía recuerdo cuando era una intensa que quería todo o nada: la urgencia de la juventud, de comerte el mundo sin masticarlo. Varias veces me ahogué con mi propia saliva. No sabía quedarme callada. Para esa Ximena de dieciocho años era inaceptable lo que decía García Márquez a través de Florentino Ariza: “Amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo.” Releí esa línea muchas veces. Olvidé toda la página; me clavé en eso. ¿Cómo pretendían decirme —a mí, que apenas tenía un hombre en mi historia y creía que era el amor de mi vida— que el amor y el sexo no se encontraban en una sola persona?
Cerré el libro de tajo y casi como misión de vida decidí demostrar lo contrario.
No sé si lo hacía porque aceptar esa premisa derrumbaría muchos cimientos de mi vida. Pensar que los matrimonios cercanos —incluido el de mis papás— tal vez seguían ahí porque no les quedaba de otra… que remaban un barco sin amor o sin deseo desde hacía años… me destrozaba.
Porque si lo piensas, es triste aceptar que no tienes todo en esa persona con la que compartes la vida: elegir entre la añoranza del cuerpo que te hizo vibrar o la estabilidad del día a día, cualquiera de los dos escenarios era desolador para esa chavita enamorada del amor.
Hay historias, canciones, textos infinitos sobre la química irrefutable entre dos personas. El enamoramiento es adictivo, punto.
En mi caso, mis relaciones en los veintes fueron a mil por hora. Ya les dije: alma enamorada en potencia. No fueron muchas, pero sí sustanciosas. Tres veces he compartido casa, y para la vida diaria soy una gran compañera —los testimonios hablan solos. Pero siempre faltó algo. Algo que yo tampoco veía.
Los inicios eran buenos. La conexión fue real. Corríamos sin freno por las vías de la montaña rusa. No veíamos la curva que venía. Solo vivíamos y sí: lo disfruté montones.
Pero las montañas rusas no son infinitas. Y aunque seguía aferrada a demostrar que eso del “amor del alma y del cuerpo” era una mamada, terminé cargando tres veces con los cadáveres del enamoramiento.
Viviendo media relación a base de paliativos.
Y aun cuando me separé del papá de mi hijo, seguía empeñada en demostrarle a ese texto que era una mentira de un escritor rancio y anciano justificando su falta de compromiso.
Un año y medio separada y un par de historias nuevas casi a la mitad de mis treintas me dieron una bofetada que no vi venir. Simplemente me dejó tirada en el piso; sin más me gradué de migajera profesional. Y vi por fin la foto completa:
Sí, puedes tener una súper conexión sexual con alguien y, dos pasos fuera de la cama, actuar como si nada.
O enamorarte por su forma en la que ve la vida, de los secretos que le confiesas por muy tontos que parezcan y no trascender más allá aún cuando la complicidad y afinidad se respira a leguas.
Y puede leerse como la derrota de una idealista frente al texto de un viejo rancio, pero tampoco es así —o la gano o la empato, perder no es opción—.
Creo que el amor que eliges sentir no se lo das a cualquiera. Porque no todos merecen tu energía, ni tus caricias, ni juntar su piel con la tuya.
Tu cuerpo es sagrado.
Y lo sagrado no es para todos.
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