Somos un cúmulo de recuerdos...

Me gusta pensar que somos una cajita abierta que, en el transcurso de la vida, va guardando artilugios de las personas que han coincidido con nosotros. Es gracioso porque, aunque no lo parezca, soy muy observadora del existir de la gente.

En la universidad, mientras estudiaba Diseño Industrial, podía pasar horas en el metro, recorriendo de punta a punta la Línea 2 y observando la complejidad de lo cotidiano. Durante varios meses hice introspección en esos vagones, llorando en silencio porque no sabía qué hacer con mi vida. ¿Realmente quería estar ahí? ¿En dónde compré esa idea de que el diseño era a lo que quería dedicarme toda la vida? ¿Por qué me parecía más una sentencia de muerte que una promesa de bonanza? Había tantas preguntas en mi mente y ni una sola respuesta podía asomarse con sensatez, porque de inmediato me lanzaba tres preguntas más que cuestionaban lo anterior.

Observando, aprendí a distinguir a las personas que robaban celulares, cuáles eran las mejores presas y a reconocer la resignación del usuario cuando descubría que su teléfono había pasado a otras manos. También presencié bastantes episodios de relaciones tóxicas. Muchas comenzaban tranquilas, con murmullos y reproches a regañadientes por todo lo que uno no había visto, por lo que le había faltado al otro y por todo aquello que ya se había cansado de sostener. Hasta que ya no podían guardar la compostura y explotaban. En el mejor de los casos, uno de los dos se bajaba de improviso en la siguiente estación, justo en los últimos dos segundos antes de que las puertas del tren se cerraran, para que la otra persona no pudiera alcanzarlo. Era un movimiento que tenía que hacerse con precisión quirúrgica, porque, si fallaba, venían los gritos, los jaloneos y el reclamo de: «¿Cómo me ibas a dejar aquí?». Una verdadera escena de telenovela.

El ser humano es muy peculiar, sobre todo cuando existe en solitario en la vida diaria. La forma de sentarse en el transporte público, las manías de tocarse la nariz, de leer todo lo que hay a su alrededor cuando el móvil decidió dejarnos a medio viaje. La fascinación por las conversaciones ajenas, por juzgar al otro con la mirada. Pocos se atreven a llamar la atención y quienes lo hacen son los bichos raros de la marabunta, esos que, quién sabe por qué, se atreven a salirse del estándar.

Me encantaría volver a observar la vida de afuera ahora que tengo alguna crisis existencial, como cuando tenía veinte años, pero el home office me tiene en esta jaula de oro. Así que ahora devoro libros para escapar de mi propia mente. Y no, no es que viva en el agobio eterno, pero hay ocasiones en las que me encanta complicarme la existencia y me cuesta sacarme de ese hoyo en el que yo misma me metí.

Viví una vida que no me tocaba en los veintes. Siento que hubo una falla en la Matrix que me hizo brincar a una dimensión que no era mía. Mis «amigos» eran treintones de una escuela mamona y de paga de la CDMX: muy fresas para la banda y muy banda para los fresas. Totalmente fue una mala broma de Dios dejarme entrar ahí. Y no lo digo desde el arrepentimiento, sino desde la confirmación de que la realidad siempre supera a la ficción.

Para ellos yo era la foránea queretana que venía a cumplir el sueño de estudiar en la gran ciudad, que había entrado a una escuela pública y pagaba sus cuentas con un sueldo paupérrimo en una planta de empaques en una zona bien pinche de Pantitlán. Y aunque pude decirles que yo era del DF, me compré esa historia para no dar más explicaciones de mi pasado. Porque, ¿quién quiere escuchar la historia de una chava que dejó a su madre y a sus dos hermanitos después de la agonía de casi dos años de un padre con cáncer? Estaba con el alma rota y nadie me había enseñado cómo transitar por ese duelo que parecía infinito.

No sé si mi tristeza se veía a kilómetros, pero siempre hubo un espacio de camaradería para mí. Fueron mi familia por casi cinco años. Hasta el día de hoy, las mejores fiestas las pasé a su lado: una noche en el ya extinto Imperial, bebiendo Jack Daniel’s, y de ahí al after, con esas sobremesas que arreglan mundos. O aquellos días en los que era jueves y nos lanzábamos al Milán, cubitas para envalentonarnos y bailar «Señorita Cara de Pizza» antes de que Cénit de la Casta nos avisara que la hora de cerrar había llegado.



Eran demasiado reventados para varios conocidos de mi edad, pero también brincaban a la formalidad, porque para ponernos de acuerdo en alguna eventualidad se veía venir una enorme cadena de correos para lograr cuadrar fechas. Y yo, yo ahí en el limbo, como la mascota del equipo que tenía unas ganas inmensas de ser parte. Fui una de ellos, al menos al final así lo sentí.

Muy pocas veces hablaba en esas sobremesas, pero aprendía muchísimo de los temas políticos del país y de lo retador que era cubrir asuntos de migración para el periódico en el que trabajaban en ese momento. Y yo, siendo espectadora de una realidad que, como dije, no me pertenecía.

Ya viéndolo a la distancia, entiendo por qué pude camuflarme en esa bola de treintones. Fui parte de la ola del #YoSoy132 y, más adelante, marchaba para reclamarle al Estado por la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa. Supongo que esos actos políticos que hacía sola, por mera convicción, también les llamaban la atención. De alguna forma, eran de izquierda y compartíamos puntos de vista sobre la desigualdad en el país. Ellos desde su trinchera, como reporteros de diversos medios de comunicación, y yo desde mi osadía juvenil de querer cambiar el mundo con mis pasos a la mitad de Reforma.

De alguna forma, tengo varios gustos adquiridos de esa vida pasada. PULP es uno de ellos. Me hice parte de la tradición en la que religiosamente cantábamos, en cada evento monumental, «Do You Remember the First Time?» a todo pulmón, seguida inmediatamente de «Disco 2000», cuando hacíamos una rueda enorme y no parábamos de brincar, como si estuviéramos ante los mejores bailarines del Patrick Miller.

También le hallé cariño al mar, sobre todo a las costas oaxaqueñas; al whisky solito con dos hielos y a los bares con la música suficientemente alta para escuchar buenas rolas, pero no tanto como para tener que gritar al platicar.

Fue una época agridulce. Estaba viviendo quizá el duelo más grande de mi vida lejos de mi familia y, al mismo tiempo, estaba siendo adoptada por varias personas que me hacían sentir segura y vista en toda esa mancha gris que era mi existencia en esos momentos.

Doc me recordaba mucho a mi papá. Tenía esa mezcla rara entre la desfachatez de decir las cosas sin ningún adorno y una franqueza casi irrefutable, porque tenía la boca llena de razón. Y estaba la ternura de Langner, que entendía mejor que nadie de dónde venía. En lugar de echarme sermones y cuestionarme por qué parecía un ratoncito asustado, simplemente extendía su mano y me llevaba a recorrer las calles de la CDMX por cualquier pretexto: para existir conmigo, para acompañarme, para hacerme más ligero el viaje.

Recuerdo que, en la última fiesta de cumpleaños que pasé con ellos, me sentí profundamente agradecida de existir en esa falla de la Matrix. Mis amigos habían hecho un espacio para compartir conmigo, para cantar PULP a todo pulmón. Me mordí la lengua para no decirle al Doc que ese mail que me había enviado para felicitarme por mi cumpleaños me recordaba un poco a las notas que mi papá me dejaba cada vez que iniciaba un ciclo escolar. Pero no pude decirlo. Sentí que era demasiado y que quizá podía asustarlo con una declaración tan profunda.



La complicidad con Langner y Sil había tomado mucha fuerza. Fuimos grandes amigas y compartieron conmigo momentos muy importantes de sus vidas. Incluso después del rompimiento con Guillermo, que fue bastante atropellado, mantuvimos el lazo por un tiempo más. Todavía las extraño. A veces quisiera enviarles un mensaje para recordarles lo mucho que me enseñaron y lo mucho que me inspiraron para ser la mujer que soy ahora.

Si bien, cuando recuerdo a esa Ximena de veintitantos, apenas quedan algunos vestigios de ella en mí. Ahora hablo hasta por los codos, soy más crítica de lo que pasa y no dudo en compartir con mis amigos lo que pienso. Aun así, sigo teniendo estos recortes y artilugios de aquella época de mi vida que me ayudó a atravesar la soledad de estar lejos de casa.

And now it's all over
You've paid your money and you've taken your choice
And I know we'll never meet again

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