Te reconocí y ya era tarde...

Hace unos días tuve un sueño. Caminaba en una ciudad de cemento, buscando alojamiento cerca de un lugar donde habría un concierto. Es lo único que recuerdo con claridad. Platicaba con alguien de cosas muy banales; insistía mucho en conversar conmigo, me preguntaba si ya había estado ahí antes. Y sí, hacía unas semanas ya había vivido esa misma historia.

Definitivamente estábamos en tiempos diferentes: él con la necesidad de saber cosas de mí, de alargar la conversación; yo con la prisa a cuestas por llegar a tiempo.

La vida real interrumpió abruptamente el sueño. Recordé que llevaba ya un rato postergando mis ganas de hacer pipí y, sin pensarlo más, me levanté al baño.

Casi en automático me incorporé en la cama, puse mis pantuflas suavecitas de pug, abrí la puerta y me dirigí al baño. Al levantar la tapa del inodoro y sentarme sentí como un balde de agua fría: ese hombre que caminaba conmigo y hacía miles de preguntas, a las que yo apenas contestaba con monosílabos, era mi papá.

Orinar se me hizo eterno. Quería regresar a la cama y volver a conectarme con ese sueño. No logré recuperarlo donde lo había dejado. ¡Qué tonta fui! ¿Cómo no me di cuenta de que era él? Me he reprochado todos estos días el haberlo dejado pasar, aun cuando muy pocas veces he soñado con él.


Abraham partió en 2011 y, aunque he seguido mi vida y pareciera que el huequito de su ausencia se ha ido llenando con la presencia de la cotidianidad y de nuevas personas, como mi hijo, daría todo lo que tengo por volver a hablar con él.

 

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