Ya no me doy miedo.
Últimamente la vida me ha recordado dos tipos de mantras que me resuenan muchísimo.
El primero dice:
"Con el tiempo no te haces más joven."
Lo repito para convencerme de hacer esas visitas médicas que tanto me aterran porque sí, en mi árbol genealógico no me heredaron bienes materiales, pero sí un sinfín de enfermedades donde la diabetes es lo de menos.
El segundo me regresa inmediatamente a mi padre y a esos sermones de más de una hora durante mi adolescencia que siempre terminaban igual.
"Uno demuestra lo que es cuando cree que nadie lo está viendo."
Más de una vez me he descubierto siendo mi padre al tratar de hacerle entender al papá de mi hijo que hay cosas más importantes que el hedonismo.
Qué curioso.
Los dos mantras parecen hablar de cosas completamente distintas y, sin embargo, siempre terminan llevándome exactamente al mismo lugar:
el miedo.
Nunca le he tenido miedo a la muerte.
Ni siquiera cuando, a los diecinueve años, casi muero por un aborto inconcluso.
Lo curioso es que ese tampoco era mi mayor miedo.
Preferí mentir.
La verdad ya me había explotado en la cara, pero yo seguía mucho más aterrorizada porque mi papá descubriera que no había cuidado suficientemente mi virginidad. Encima de eso había quedado embarazada y, como cereza del pastel, había decidido no ser madre llevando a cabo un aborto que salió mal.
Es rarísimo escribir esto.
Todavía más raro es darme cuenta de que, mientras todo eso estaba pasando, me preocupaba mucho más el juicio de mi papá —y de la familia entera— que la posibilidad bastante real de morirme.
Ni sé por qué estoy contando este episodio.
...
Bueno.
Sí sé.
Porque durante muchos años viví aterrorizada de ser yo misma.
Es más.
Ni siquiera sabía quién era.
Toda mi vida —quizá hasta que regresé de vivir en Playa del Carmen— giró alrededor de convertirme en lo que los demás esperaban de mí.
Sobre todo mi padre.
Y no era una mala hija.
Al contrario.
Sacaba buenas calificaciones, aprendía rápido, hacía las cosas "bien". Era esa hija de la que cualquier papá podía sentirse orgulloso.
Pero había una parte de mí que me daba vergüenza reconocer.
Las "concupiscencias de la carne", como decía la Biblia que empecé a leer desde los siete años.
Durante mucho tiempo pensé que el problema eran mis deseos.
Hoy creo que el problema era otro.
Nunca aprendí a decidir.
Siempre estaba buscando la respuesta correcta.
La que hiciera sentir orgulloso a alguien más.
Recuerdo perfecto cuando llegó el momento de escoger preparatoria.
Yo estaba convencida de que si no entraba a la Escuela Nacional Preparatoria iba a ser una perdedora. No porque alguien me lo hubiera dicho. Nadie me estaba apuntando con un dedo. Nadie me estaba prohibiendo otra escuela.
Era yo.
Era esta chamaca aferrada que había aprendido a medir su valor por la etiqueta que podía ponerse encima.
Y, combo breaker, fui doblemente perdedora para esa premisa.
Entré.
No terminé ahí.
Y me fue fatal porque ni siquiera entraba a clases.
Con los años me he dado cuenta de que esa historia se ha repetido muchas veces.
No con escuelas.
Con hombres.
Con trabajos.
Con decisiones.
Con la versión de mujer que creo que debería ser.
Ahora puedo ser mucho más sincera que cuando tenía dieciséis años.
No porque haya dejado de ser cobarde.
Sigo siéndolo a veces.
Lo único que cambió es que ahora soy capaz de verla.
Soy un cúmulo de contradicciones.
Pero son contradicciones que, por fin, decidí asumir como mías.
Un día soy invencible.
Me la pelan todos.
Y al siguiente estoy llorando en un rincón porque me muero de ganas de que un hombre guapo, inteligentísimo y emocionalmente disponible venga a rescatarme de esta torre cargada de desgracia.
Afortunadamente ese pensamiento ya no suele durar demasiado.
Bruno casi siempre interrumpe el drama entrando a mi cama con algún fun fact del animal que acaba de descubrir, una idea completamente absurda o una pregunta que jamás se me habría ocurrido hacer.
Y entonces me acuerdo de algo.Quizá nunca necesité que alguien me rescatara.
Quizá lo único que necesitaba era dejar de pedir permiso para ser yo.
Ya no me doy miedo estando sola.
Porque soy la misma cuando nadie me está viendo que cuando estoy a los ojos de los demás.
La que elige películas de drama antes que de comedia.
La que interrumpe una conversación para contar un dato completamente random.
La que, de pronto, se da cuenta de que ya ha vivido muchas vidas... y todavía tiene ganas de vivir unas cuantas más.
Cambié por completo el mood de este texto.
Iba a hablar de consultas médicas y terminé hablando de mi papá, de un aborto, de la preparatoria y de por qué ya no me da miedo quedarme sola.
Supongo que así funciona escribir.
Pero ya en serio.
Hay algo que sí cambió.
Me he mantenido firme en mis elecciones.
Me separé hace un par de años.
No sé si quiero una pareja que entre en mi foto familiar.
Y, por ahora, esa respuesta ya no me quita el sueño.
Sí.
Me volví aburrida.
Prefiero quedarme en casa antes que salir con alguien que no me interesa.
Hace unos años eso me habría parecido una derrota.
Hoy me parece paz.
Mi papá decía que uno demuestra quién es cuando cree que nadie lo está viendo.
Creo que tenía razón.
Lo que nunca imaginé es que algún día, cuando por fin nadie me estuviera viendo...
iba a conocerme yo.
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